Me han acusado de soberbio. ¡Cómo critican a mi soberbia! ¿Acaso alguien puede imaginar a un escritor temeroso o inseguro? Si me volviera el más humilde de los hombres no me atrevería a escribir absolutamente nada, y quizá, no haría falta mi pluma para conmover a los demás, como le sucedió a Sócrates o al mismo Jesucristo. Porque al escribir uno está volcando su pensamiento con la intención que perdure. Así sucede que, las cosas que pienso pero no considero muy importantes, no las registro y no temo que el tiempo se lleve sus palabras. Ahora bien, cuando sí siento que mi pensamiento me sugiere algo de valor, lo escribo para que esa idea no se pierda. Y como escritor siento de esa manera que tras mi desaparición seguiré estando vivo mientras mis letras no mueran.
A quienes insisten con mi soberbia les falta atacarme con algo más. ¿Acaso no han visto que firmo mis trabajos con mi pseudónimo Príncipe de Albanta? ¿No es esa una forma de identificar mi creación? Porque podría interesarme solamente que mis ideas se difundan invocando a un falso artista inexistente. ¿Pero qué pasaría si no existiera el reconocimiento? Sería como si no existiese el destinatario. ¡Si lo que busco es conmover quiero saber si lo he logrado y que sepan que fui yo! Debo agregar que es muy importante demostrar con los hechos las palabras y encierra mucho coraje ser vigilado por ellas.
Entonces, si me dicen que soy soberbio, en el sentido expuesto, les responderé que sí, pero no por creerme superior a los demás sino porque tengo el valor y la convicción fuerte para sentir que mi trabajo le es útil a alguien. Aunque si uno escribe para otro, esto no tiene mucho de soberbia, porque presupone que él, ella o ellos, gozan del mismo entendimiento, principio básico de la comunicación horizontal, cuando la mala soberbia dicta desde lo alto.
Los acusadores se creen dueños de la verdad, ¿no es eso soberbia? |