De niño experimentaba una sensación extraña cuando me cruzaba con un anciano desconocido por la calle y, como pocas veces ocurre entre adultos, nos mirábamos a los ojos. Sentía que me reconocían o que creían ver en mí a alguien del pasado. En eso pienso ahora que vuelve a sucederme, aunque con la particularidad de ser yo el adulto que mira los ojos de los niños. Quizá siempre haya tenido un rostro que represente a otros y yo, sin saberlo, resulto un indicio que revive algún recuerdo profundo sepultado en el inconsciente de los demás. Creo que los niños me recuerdan a personas que todavía no he conocido. Podrían también ser personas que sí conozco –otros yo- proyectándome al futuro o hablándome de probables pasados no vividos, descartando el dudoso presente y la improbable simultaneidad existencial de dos personas semejantes en un mismo tiempo y espacio. Pero todo me parece un juego para burlarse del devenir. Cuando llegue a viejo miraré con mayor atención los ojos de los niños para no librarme de los recuerdos y para sentirme ese otro sin pensar tanto en la muerte. Esta es una forma de sentirme parte de una continuidad donde los niños se verán, sin saberlo aún, en los ojos (que nunca envejecen) de los mayores, y éstos volverán a verse en los niños. Así comprendo mejor aquello que deduje una vez: El hombre no es principio ni fin, creo que es continuidad…
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