Permítanme presentarme, soy un árbol limonero que nunca dio limones muy grandes ni muy jugosos pero pude presenciar el inicio de la leyenda que hay detrás del nombre Solana. Se la voy a contar a ustedes para que no dejen de contarla… Dos mariposas conversaban en el jardín de una casa. Acostumbrados como nos tienen a verlas volar libremente con intensa alegría me sorprendió hallarlas quietas, refugiándose bajo los pétalos de una rosa blanca una mañana lluviosa del mes de julio. Una de ellas lucía unas alas de color violeta intenso, como el de la estela de las estrellas de verano que dejan en el cielo en su fugaz parpadeo antes de apagarse y de entregarse a lo desconocido. La otra, más pequeña, vestía unas alas llenas de azul juvenil muy parecido al color del manto que eligen los delfines en sus primeros cumpleaños. Los colores cercanos y el diálogo que recordaré nos aclarará que esas dos mariposas eran madre e hija… Madre mariposa: Creo que es tiempo que vueles sola hijita mía, esperaremos hasta que salga el sol para que puedas disfrutar de tu vuelo y de la libertad de elegir tus propios aires... Hijita mariposa: ¡Yo quiero volar siempre contigo! Madre mariposa: Siempre que vueles decidida sentirás el vuelo de mi corazón acompañándote y no hará falta que me veas, podrás sentirme, y eso será mucho más emocionante. Hijita mariposa: Entonces sí quiero aprender a volar sola y sentirte conmigo. ¡Dame ánimo, por favor! Madre mariposa: Sólo hay que esperar a que la lluvia se detenga y limpie el cielo para nosotras. Hijita mariposa: ¡No madre! ¡Hay que esperar a que Ana salga a jugar al jardín! Madre mariposa: Ana… y también el sol. Hijita mariposa: Siempre que Ana sale de la casa a jugar con nosotras en el jardín el sol nos ilumina… ¡Ana! ¡Ana, sal a jugar que quiero demostrarte que puedo volar sola, así podremos jugar a toda hora! Madre mariposa: ¡Sol! ¡Sol, ilumina un nuevo día y este día en especial que quiero enseñarle a mi hija por sí misma a volar! Mientras que ambas pedían que la lluvia se detuviera, Ana, que quizá escuchó a las mariposas, salió al jardín sonriendo divertida mientras la lluvia se despedía mojándole tiernamente el rostro con las últimas gotitas que siempre entrega como el beso del adiós. El sol abrazó a la lluvia y comenzó a desplegar su fuerza sobre toda la naturaleza pero especialmente sobre el mágico jardín de Ana y de esas mariposas. La rosa blanca, al mismo tiempo, comenzó a bailar invitando a las voladoras para que fueran a disfrutar del día, del aire, del sol y de la sonrisa de Ana. Hijita mariposa: ¡Te lo dije mamá! ¡Ana es un sol! El sol es de Ana… Madre mariposa: ¡Sol y Ana! ¡Solana! ¡Se llama Solana! Hijita mariposa: ¡Sí, Solana! Volaré hasta los oídos de la niña para decirle que su verdadero nombre es Solana, la niña y madrina de este primer vuelo… ¡Aaaaah! ¡Estoy volando! ¡Mira mamá! ¡Aaaaah! ¡Hola Solana! La mariposa más pequeña logró volar sola y llegar hasta los oídos de la niña que aceptó feliz llamarse Solana, porque le pareció bellísimo su nuevo nombre, porque su nombre inspiró el vuelo de aquella divina mariposa. Así es como desde aquel día, cada vez que las niñas que se llaman Solana salen a jugar al jardín, las hijitas mariposas se lanzan alegres al viento para sentir por primera vez la sensación de volar gritando: ¡Solaaaaana! como bautismo de vuelo. Y las niñas gritan ¡Solana! cada vez que ven a una mariposa que no emprende vuelo, porque siemrpe es alegría verlas flotar en el aire. ¿Qué niña no quisiera sentirse Solana y con su risa hacer volar a todas las mariposas? ¿Qué niña no creerá que vuela también ella si logra ser la inspiración de las mariposas? Esa es la causa por la cual se dice que la sonrisa de las niñas es tan dulce como el vuelo de una mariposa… |